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Cada 31 de marzo, la Iglesia celebra a San Benjamín de Argol, diácono y mártir.

San Benjamín de Persia, como también es conocido, vivió entre los siglos IV y V, en tiempos del Imperio sasánida, ubicado en el actual territorio de Irán, en Asia occidental.

A inicios del siglo V, dos reyes persas, primero, Yazdegerd I (Isdegerd) y, después, su hijo y sucesor, Varanes V, mantuvieron una cruel persecución contra los cristianos que duró alrededor de 40 años.

Fueron décadas penosas en las que creer en Cristo conllevaba un riesgo tremendo. Ya años antes de iniciada esta persecución, el rey Sapor II había sacrificado muchas vidas.

Yazdegerd -sucesor de Bahram IV- dio la orden de acabar con las manifestaciones cristianas y exigir que todo seguidor de la religión de Jesús de Nazaret apostatara públicamente so pena de muerte.

Benjamín era un joven diácono de gran celo apostólico, conocido por su espíritu caritativo. Llegó a hacerse de una extensa fama de santidad, pues pese al peligro, logró muchas conversiones y, para cuando ya vestía canas, tuvo éxito incluso entre los sacerdotes de Zaratustra, el profeta fundador del mazdeísmo.

Sapor II montó en cólera cuando un sacerdote cristiano de nombre Hasu y sus allegados incendiaron el “Templo del fuego”, principal objeto del culto de los persas. Acusados de sacrilegio, fueron arrestados el obispo Abdas, los presbíteros Hasu e Isaac, dos fieles laicos y un diácono: Benjamín. Ni los barrotes ni las paredes fueron excusa para dejar de hablar de Cristo.

El emperador romano de Oriente, Teodosio II, intercedió por su libertad. Se la dieron a condición de no predicar la religión. Benjamín continuó predicando hasta que fue torturado y decapitado.

Fuente: ACI Prensa